Sensaciones

 
Ahora, cuando me encuentro sentado en mi sillón, viejo y arrugado, dedicándome a recordar tiempos y experiencias pasadas, me vienen a la mente vivencias que nunca creí que volvieran a mi vida, a hacerme recordar, a hacerme vibrar... 

Y es que, de joven, tuve una vida realmente activa en todos los sentidos, 
aunque creo que, si tuviera que resaltar alguna faceta en particular de mi 
existencia, destacaria mi intensa y excéntrica vida sexual. Y es que, en algunos aspectos, se me podria tildar de mediocre o convencional, pero una vez leído el relato que me dispongo a redactar... Bueno, decidan ustedes. 

Lo que les voy a relatar sucedió hace mucho, mucho tiempo... Contaba yo con apenas veinte años y ya tenia fama en mi facultad de empedernido mujeriego y de fogoso amante, cosa que hacia las delicias de mis delicadas compañeras de estudios y las iras de mis compañeros menos agraciados. 
Bien, durante el segundo curso de carrera, llegó a clase una nueva alumna,
Iris. La chica, ha de reconocerse, era extremadamente bella y poseia, además de una cara realmente bonita, un cuerpo que hubiera hecho palidecer al mismo Baco. desde el primer momento se convirtió en blanco de todos los chicos de la facultad. Todos se desvivian por hacerse notar ante ella cayendo en los más increibles (y no por ello menos ridículos) actos de galantería y/o obscenidades varias, pero ella permanecia impasible ante todos ellos de la manera más elegante y a la vez más provocativa que yo haya visto jamás. 

Pero bueno, vayamos al grano. Estaba ya acabando el curso y yo, que por aquel entonces disponia de un abundante y realmente exhuberante arén, aún ni me había planteado el agenciarme a aquella preciosidad, pero hasta mí habían llegado rumores de que si no lo habia intentado era porque tenia miedo de fracasar donde tantos otros lo habian hecho y que tal vez habia encontrado al fin la chica capaz de resistírseme. Enterado de los comentados rumores y con mi ego de Don Juan herido, me propuse, durante el viaje que se preparaba para fin de curso, no sólo el acostarme con ella, sino el hacerle pasar una noche tan inolvidable que mi reputación subiera enteros a partir de entonces. Y dicho y hecho. 
Faltaban dos noches para volver a casa del viaje a Mallorca y decidí que era el momento preciso. Habia estado tanteándola durante el resto del viaje y las cosas no parecian ir nada mal. Y es que con un poco de labia y con los roces y miradas adecuados... En fin, que aquella noche habíamos quedado para dar un paseo por la playa y estaba dispuesto a abrir el tarro de las esencias para demostrarle a Iris quién seria el mejor amante que tendria jamás, y vaya si lo conseguí... pero no adelantemos acontecimientos. 
Paseando por la playa, le fui calentando los oídos con las más delirantes 
fantasias de amor y sexo que nunca ella habia escuchado, pero nada comparado con lo que le tenia preparado y al llegar al final de la cala, arropados por el acantilado, la abracé por la cintura y la besé. Su reacción fue la esperada ante semejante beso, los labios dieron paso a las humedas lenguas y las tenues caricias iniciales a roces mucho más profundos. Sus manos, rápidas y suaves, me recorrian con avidez por encima de la ropa mientras pequeños jadeos y ronroneos salian de sus carnosos labios cada vez con mayor profusión. 
Fue entonces cuando mis manos entraron en juego. Pasaron suavemente de su espalda a su cuello y, tras acariciarlo suave y delicadamente, fueron bajando hasta su escote y de ahí hasta sus pechos. Cuántos de los chicos de la facultad habrian dado a sus madres por llegar donde yo habia llegado, pero no habría de acabar ahí. Mis manos seguian rozando sus pechos, acariciándolos, sobándolos dulcemente mientras ella, excitada, gemía. Mientras sus labios y su lengua se entretenian con mi cuello, mis manos siguieron bajando hasta llegar a su falda y más allá. Buscaron suavemente hasta encontrar sus bragas, pero no se detuvieron ahí, siguieron bajando, buscando ese tesoro tan largo tiempo esperado, hasta que llegaron a la tierra prometida, aquella tierra cálida y húmeda, aquel lugar que prometia ser tan acogedor... Iris, mientras, no permaneció ociosa, ni mucho menos. Incitada por mis caricias, empezó a desabrocharme los tejanos, que no tardaron en caer sobre la arena. Ventaja de no ir calzados fue el no tener que perder el tiempo con zapatos y calcetines, con un rápido movimiento, los pantalones dejaron de molestar. Nuestras bocas seguían recorriéndonos ávidamente y las cálidas salivas recorrian cuello y hombros, pero las salivas no eran lo más caliente: sus jugos empezaron a gotear desde mis dedos mientras, apartados también mis calzoncillos, yo ya lubricaba entre los suyos. Dejé por un momento aquel cálido cobijo en que se encontraban mis manos para quitarle la blusa y el sujetador, dejando al descubierto sus grandes, turgentes y suaves senos. Sus pezones, ya duros, no tardaron en estar entre mis labios, siendo objeto de los juegos de mi lengua, haciéndola exclamar de placer mientras pedia más con un hilo de voz entrecortada. 
Desatada la pasión, estando ya ambos desnudos, tras apoyarla contra las rocas del acantilado me arrodillé ante ella y dejé que el dulce y cálido néctar que goteaba de su vagina se alojara en mi sedienta boca y enseguida mi lengua empezó a jugar con sus otros labios, buscando ansioso su clítoris y, como no, encontrándolo al instante para su goce y deleite. Y así seguimos, yo alimentándome de su cuerpo mientras ella no dejaba de retorcerse los pezones inmersa en una descontrolada vorágine de placer. Esperé el momento oportuno, seguí trabajándome su clítoris hasta que sus rodillas, sus piernas, su cuerpo entero se puso a temblar de placer esperando mi entrada triunfal, y tras hacerla esperar lo suficiente, tras conseguir que realmente deseara con todo su cuerpo el que me introdujera en ella, me levanté y, agarrándola por detrás apoyé sus manos sobre la fria roca, anclé firmemente sus pies en la arena, y cogiendo mi erecta y húmeda verga entre las manos la situé en la entrada de aquel deseado santuario de placer que era su coño. De nuevo me hice de rogar, estaba allí, pero no entraba. Jugueteaba en las mismísimas puertas de su sexo, frotaba dulcemente mi verga contra su clítoris mientras su cara demostraba ya la impaciencia, el profundo deseo de ser perforada hasta las entrañas y 
más allá. Y yo esperé... esperé hasta que su anhelo fue tal que ella misma se hechó para atrás haciendo que se itrodujera mi brillante capullo en su oteante entrepierna y entonces, asiéndome fuertemente en sus caderas, amasando suavemente su culo, la atraje hacia mí de repente y le introduje el largo y duro objeto de su deseo lo más hondo de que fui capaz. Mas pese a la abundante lubricación tanto por su parte como por la mía, y pese al empuje al que la sometí, no entró con la facilidad que hubiera esperado de semejante y experimentada hembra. Extrañado, miré a su entrepierna y vislumbré un ténue hilillo de sangre que, goteando, caía sobre la fina arena. Esa visión, junto con la imagen de su cara, imagen grabada para siempre en mi memoria, hizo que me diera cuenta de que, en realidad, sí que habia sido quién mejor le habia hecho el amor en su vida: habia sido el primero. Más tarde me enteraria de que nunca había llegado tan lejos con nadie pese a las oportunidades de que, obviamente, hubiera podido gozar. Pero en aquel momento, dándome cuenta de lo que pasaba, mis instintos animales más primarios vencieron cualquier otro tipo de prejuicio o consideración, y mis manos no dejaron de sujetarse a su cintura, ni dejé de atraerla hacia mí, rítmicamente, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez... mientras su rostro reflejaba una excitante muestra de placer y dolor, tan excitante que cada vez empujaba con mas fuerza. 
Sus uñas se clavaban en la roca y los dedos de sus pies se contraian en la 
arena ante las violentas embestidas que mi rabo le propinaba. Pronto no pudo evitar que sus gemidos se convirtieran en agudos y entrecortados gritos de placer y eso me excitó aún más, dejé de agarrarla por la cintura y la cogí por los pechos, apretándolos entre mis manos sin dejar ni por un momento de penetrarla a un ritmo cada vez más rápido e intentando llegar más y más dentro. Fue entonces cuando sus manos dejaron de asirse a la roca cogiéndome con fuerza las mías que retorcían y magreaban sus pezones, fue entonces cuando sus gemidos, de repente cesaron, fue entonces cuando, estando a punto de llegar al éxtasis de la pasión, dejé mi polla lo más cerca de su alma de lo que fui capaz, fué entonces cuando ambos, simultáneamente, llegamos a un orgasmo que me estremecerá toda mi vida. Sus uñas se clavaron en mis manos cuando, justo mientras me corria, la explosión de su interior inundó su coño intentando inesperadamente ahogar la voraz bestia en que se habia convertido mi verga. Fue algo tan maravilloso, tan extasiante, que estoy seguro que 
ninguno de los dos lo olvidará nunca. Y es que durante un momento, durante aquel preciso instante en que nuestros líquidos se entremezclaban y ella fue total y absolutamente mia, mientras la ensartaba al borde de aquel acantilado, la amé, algo que nunca habia sentido por ningún otro de mis juguetes sexuales, algo que no volvería a sentir jamás. 
El amor que sentí por Iris fue tan maravilloso como fugaz. Tras aquella noche no volvimos a estar nunca solos, y el curso siguiente ya no estaba en mi facultad. Desapareció sin dejar rastro pasando, simplemente, a formar parte de la estadística. Mi estadística. 

En fin, esta es la historia del primer, único y efímero amor de mi vida y unos de los muchos, muchísimos escarceos amorosos que, lejos de ser el más salvaje y desenfrenado, sí fue el más emotivo. 

Ahora, juzguen ustedes.